
Cuando inicié en el gimnasio, hace año y medio, combinaba mi rutina de pesas con alguna clase diaria en grupo: Belly Dance, Bodypump, Step, Yoga ó Pilates. Esta última la impartía una maestra que, según la gente conocedora, era la mejor en ésta región en todo lo relacionado con 'fitness'. Aunque sus clases era duras, me encantaban porque tenía muy buena técnica y la música no tenía comparación, dejé de asistir porque en las dos últimas sesiones hizo comentarios jocosos en pleno micrófono sobre mi imposibilidad para realizar los ejercicios correctamente debido a mi sobrepeso ante la carcajada unánime del grupo. Cuando mi entrenadora me cuestionó el por qué de mi salida, me quejé amargamente de mi experiencia con la mestra y ella se limitó a decirme que ya la iban a cambiar, pero en su cara adiviné una extraña mirada de tristeza o melancolía que no supe explicar. A los meses la maestra de Pilates murió debido a un cáncer fulminante, a los 39 años dejándo huérfana a una niña de nueve.
Cerca de mi casa hay una gasolinera donde todas las mañanas, antes de llevar a mi hija al kinder, compro un sandwich y una Coca Zero para desayunar en el camino. Durante una larga temporada hubo una promoción que consistía en el regalo de la bebida con la compra del sandwich, las bebidas incluídas estaban escritas en el plástico que lo envolvía (Coca-Cola, Coca-Cola Light, Nestea, Agua Evian). Yo seguía llevando la Coca Zero y las cajeras, que me conocen bien porque saben que soy vecina del pueblo, me la regalaban igual a pesar de no estar incluía en la leyenda explicativa. Una mañana me tocó una empleada que hacía mucho no veía, yo pensaba que tal vez estaría de vacaciones, me cobró el sandwich y además la Coca Zero. Cuando le pregunté por qué, me contestó de tan mala manera, que pareciera estar furiosa con tan simple detalle "no sabes leer o qué? aquí dice claramente Coca-Cola, Coca-Cola Light, Nestea y Agua Evian!!!", me limité a quedarme callada, pagar e irme. A las pocas semanas la vi de nuevo con un pañuelo cubriéndole la cabeza, cuando se volteó se veía claramente que se había rapado y desde hace algunos meses ya no la he vuelto a ver.
Hace unas semanas, uno de los presentadores de La Oreja (programa de chismes faranduleros) salió a cuadro después de una larga ausencia en el programa pero ésta vez como invitado, su nombre es Gerardo Alfaro. Lo que contó en la estrevista que le hicieron sus compañeros me dejó helada, como me imagino le pasó a mucha gente que también lo vió. Relató como una simple congestión nasal crónica, se había convertido en una sinusitis grave y, ante la ineficacia de los medicamentos, los doctores decidieron hacerle exámenes más exahustivos que dieron como resultado un cáncer inoperable debido al punto donde se localiza. Lo más asombroso fué ver la serenidad con que lo explicaba, comentaba que el escuchar tal diagnóstico lo tomó por sorpresa y en un principio sintió pánico cuando esuchó las pocas esperanzas de vida que el médico le auguró, pero al ver la reacción y el apoyo incondicional de su familia las cosas se fueron aclarando hasta hacerlo sentir seguro para empezar la lucha que sabe, le espera. Esta semana Juan José Origel, titular del programa, organizó un evento (una fiesta enorme para ser exactos) en la que convocó a un gran número de personalidades del medio artístico y socialités amigos suyos. El objetivo era recaudar fondos para los medicamentos y tratamientos de Gerardo, pues éste no cuenta con los recursos para hacerlo de su propio bolsillo. La respuesta fué enorme, hoy ví la reseña en televisión, pero lo más agradable fué ver a Gerardo contento en todo momento, sonriente a pesar de haber salido unos pocos días antes de la primera quimioterapia. Se retiró temprano debido a su condición convalesciente, pero antes de irse agradeció el apoyo y prometió volverse a reunir en diciembre para festejar el fin de año, lo hizo seguro con toda la esperanza reflejada en su cara.
El caso anterior me hizo acordar de otro muy cercano a mí. El próximo mes de octubre se cumplirán tres años de la muerte de mi hermano mayor, un cáncer diagnosticado en el 2001 nos lo arrancó de la familia a sus 59 años. También comenzó con interrogantes médicas que los tratamientos no alcanzaban a curar, el diagnóstico final lo comunicó el doctor en su presencia pero mi querido 'manito' pareció no haber escuchado ó tal vez se bloqueó a aceptarlo. Nunca se esuchó mencionar la palabra cáncer de sus labios en los tres largos años que duró su lucha, ni siquiera cuando iba a las consultas médicas en las que la palabra Oncología podía leerse por todas partes. Cuando se encontraba bien, siempre tenía la sonrisa encantadora que lo caracterizó, esos dientes pequeños y blancos de su boca nunca se borrarán de mi memoria. Aún en sus últimos meses, con molestias y dolores por todo su cuerpo, iba cada sábado a visitar la casa de mis padres donde se reúnen casi todos mis hermanos para convivir y comer juntos. Por las tardes de aquellos sábados sin excepción, mi padre lo llevaba a Plaza la Silla para comer la nieve de yogurt que tanto le gustaba y en el resto de la semana esperaba con ansias las visitas diarias de mi madre y mis hermanas, ó las visitas de sus nietas a las que en ningún momento dejó de acariciar y mimar como lo hizo conmigo cuando fuí una niña. Yo estuve con él sus últimos 7 días y desde el momento en que llegué a su cuarto de hospital me recibió con una sonrisa, se acordó de anécdotas del pasado, me regañó y me platicó como si nos hubiéramos visto el día anterior, a pesar de los dos años en los que yo no había visitado Monterrey. Seguramente hubo momentos de amargura y tensión durante su enfermedad, por el desgaste físico que ésta implica, pero su ánimo de lucha y ganas de vivir nunca le faltaron; se puede decir que encaró su destino de forma admirable sin reproches o lamentos hasta el último de sus días.
Así como el cáncer, existen otras enfermedades igualmente mortales de las que no existe un patrón de respuesta por quienes las padecen y creo que nadie que no hayamos pasado por semjante prueba nos aventuraríamos a opinar o criticar. Pero de lo que sí estoy segura es que de la actitud con se enfrente, depende en mucho la calidad de vida con que se lleve.
Según mi humilde opinión, la esperanza de vida no radica en los años que podamos contar, sino en la vida que se le imprima a esos años, sean la cantidad que sea.
Ahí se los dejo de tarea.
Cerca de mi casa hay una gasolinera donde todas las mañanas, antes de llevar a mi hija al kinder, compro un sandwich y una Coca Zero para desayunar en el camino. Durante una larga temporada hubo una promoción que consistía en el regalo de la bebida con la compra del sandwich, las bebidas incluídas estaban escritas en el plástico que lo envolvía (Coca-Cola, Coca-Cola Light, Nestea, Agua Evian). Yo seguía llevando la Coca Zero y las cajeras, que me conocen bien porque saben que soy vecina del pueblo, me la regalaban igual a pesar de no estar incluía en la leyenda explicativa. Una mañana me tocó una empleada que hacía mucho no veía, yo pensaba que tal vez estaría de vacaciones, me cobró el sandwich y además la Coca Zero. Cuando le pregunté por qué, me contestó de tan mala manera, que pareciera estar furiosa con tan simple detalle "no sabes leer o qué? aquí dice claramente Coca-Cola, Coca-Cola Light, Nestea y Agua Evian!!!", me limité a quedarme callada, pagar e irme. A las pocas semanas la vi de nuevo con un pañuelo cubriéndole la cabeza, cuando se volteó se veía claramente que se había rapado y desde hace algunos meses ya no la he vuelto a ver.
Hace unas semanas, uno de los presentadores de La Oreja (programa de chismes faranduleros) salió a cuadro después de una larga ausencia en el programa pero ésta vez como invitado, su nombre es Gerardo Alfaro. Lo que contó en la estrevista que le hicieron sus compañeros me dejó helada, como me imagino le pasó a mucha gente que también lo vió. Relató como una simple congestión nasal crónica, se había convertido en una sinusitis grave y, ante la ineficacia de los medicamentos, los doctores decidieron hacerle exámenes más exahustivos que dieron como resultado un cáncer inoperable debido al punto donde se localiza. Lo más asombroso fué ver la serenidad con que lo explicaba, comentaba que el escuchar tal diagnóstico lo tomó por sorpresa y en un principio sintió pánico cuando esuchó las pocas esperanzas de vida que el médico le auguró, pero al ver la reacción y el apoyo incondicional de su familia las cosas se fueron aclarando hasta hacerlo sentir seguro para empezar la lucha que sabe, le espera. Esta semana Juan José Origel, titular del programa, organizó un evento (una fiesta enorme para ser exactos) en la que convocó a un gran número de personalidades del medio artístico y socialités amigos suyos. El objetivo era recaudar fondos para los medicamentos y tratamientos de Gerardo, pues éste no cuenta con los recursos para hacerlo de su propio bolsillo. La respuesta fué enorme, hoy ví la reseña en televisión, pero lo más agradable fué ver a Gerardo contento en todo momento, sonriente a pesar de haber salido unos pocos días antes de la primera quimioterapia. Se retiró temprano debido a su condición convalesciente, pero antes de irse agradeció el apoyo y prometió volverse a reunir en diciembre para festejar el fin de año, lo hizo seguro con toda la esperanza reflejada en su cara.
El caso anterior me hizo acordar de otro muy cercano a mí. El próximo mes de octubre se cumplirán tres años de la muerte de mi hermano mayor, un cáncer diagnosticado en el 2001 nos lo arrancó de la familia a sus 59 años. También comenzó con interrogantes médicas que los tratamientos no alcanzaban a curar, el diagnóstico final lo comunicó el doctor en su presencia pero mi querido 'manito' pareció no haber escuchado ó tal vez se bloqueó a aceptarlo. Nunca se esuchó mencionar la palabra cáncer de sus labios en los tres largos años que duró su lucha, ni siquiera cuando iba a las consultas médicas en las que la palabra Oncología podía leerse por todas partes. Cuando se encontraba bien, siempre tenía la sonrisa encantadora que lo caracterizó, esos dientes pequeños y blancos de su boca nunca se borrarán de mi memoria. Aún en sus últimos meses, con molestias y dolores por todo su cuerpo, iba cada sábado a visitar la casa de mis padres donde se reúnen casi todos mis hermanos para convivir y comer juntos. Por las tardes de aquellos sábados sin excepción, mi padre lo llevaba a Plaza la Silla para comer la nieve de yogurt que tanto le gustaba y en el resto de la semana esperaba con ansias las visitas diarias de mi madre y mis hermanas, ó las visitas de sus nietas a las que en ningún momento dejó de acariciar y mimar como lo hizo conmigo cuando fuí una niña. Yo estuve con él sus últimos 7 días y desde el momento en que llegué a su cuarto de hospital me recibió con una sonrisa, se acordó de anécdotas del pasado, me regañó y me platicó como si nos hubiéramos visto el día anterior, a pesar de los dos años en los que yo no había visitado Monterrey. Seguramente hubo momentos de amargura y tensión durante su enfermedad, por el desgaste físico que ésta implica, pero su ánimo de lucha y ganas de vivir nunca le faltaron; se puede decir que encaró su destino de forma admirable sin reproches o lamentos hasta el último de sus días.Así como el cáncer, existen otras enfermedades igualmente mortales de las que no existe un patrón de respuesta por quienes las padecen y creo que nadie que no hayamos pasado por semjante prueba nos aventuraríamos a opinar o criticar. Pero de lo que sí estoy segura es que de la actitud con se enfrente, depende en mucho la calidad de vida con que se lleve.
Según mi humilde opinión, la esperanza de vida no radica en los años que podamos contar, sino en la vida que se le imprima a esos años, sean la cantidad que sea.
Ahí se los dejo de tarea.






