
Cuando me casé, solo me quedaba una amiga soltera (las demás ya estaban casadas) que es dos años mas joven que yo. En aquel tiempo ella no tenia novio y como durante nuestro noviazgo mi maridis estaba acá, las dos éramos casi inseparables. Antes de mudarme a Suiza le dije que instalara en su computadora un programa de chat para no perder comunicación después de casarme y tenernos al tanto una de la otra. Fué así, de la misma forma, como en ella se repitió mi historia y en el ciberespacio conoció al que ahora es su marido: otro suizo. En el poquito tiempo que duró su relación de novios, ella viajó varias veces a estas tierras y en uno de esos viajes, apadrinaron a mi hijo Chris en su bautizo. Se casaron un año depués y se fueron a vivir a la Ciudad de México, donde el radicaba desde diez años antes.
Por cuestiones de trabajo tuvieron que mudarse a Suiza hace cuatro años y, aunque vive muy lejos de nosotros, nos visitábamos con mucha frecuencia. Al principio yo traté de sobreprotegerla, no quería que pasara por las mismas viscisitudes que yo en mis primeros años y trataba de aconsejarla lo más que podía para que su adaptación no fuese tan dura. Pero tal vez mi afán por protegerla o el cambio que ya había sufrido en los años que llevaba aquí, hicieron que surgiera un disgusto tremendo entre las dos. Seguramente de parte de ninguna de nosotros hubo mala intención y aunque traté de hablar con ella los días siguientes, simplemente no lo conseguí. Pasaron dos años, con el firme propósito de contactarla, el paso del tiempo pesó mucho y su silencio hizo que perdiera las esperanzas de recuperar lo perdido.
En septiembre pasado la encontré por casualidad en la fiesta de Independencia de la Embajada Mexicana, apenas verla corrí hacia donde estaba con su marido y nos dimos un abrazo enorme, largo, cariñoso. Ella lloró mucho, tanto, que tuvimos que ir al sanitario para que se arreglara el maquillaje. Luego buscamos un lugar apartado para platicar, aunque en un principio ella quiso tocar el tema, yo no la dejé y le pedí que olvidáramos sin rencor lo vivido; ella aceptó gustosa y es hora en que no hemos hablado del incidente (creo que fué lo mejor). Desde entonces no ha pasado una sola semana sin tener contacto ya sea por teléfono o por MSN y nos hemos visitado mutuamente un sinfin de veces. Nuestros hijos son grandes amigos y también sienten cariño los unos por los otros como si de verdaderos primos se tratara.
Ayer hablábamos por MSN y por primera vez en más de veinte años de conocernos, nos dijimos lo mucho que nos queremos, así, sin prejuicios y con toda la sinceridad posible. Como suelen ser la amistades verdaderas. La nuestra pasó por una prueba muy grande, pero salió victoriosa.
Saluditos!