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octubre 13, 2010

Recomenzar II parte (cuento)

Renata contrajo matrimonio con Don Marcos cuando ella ya había pasado los 27 años de edad. Los primeros de aquella unión, transcurrieron entre el espejismo de felicidad que da la bienvenida al matrimonio para cualquier pareja y los intentos infructuosos por concebir un hijo. Más de cuatro embarazos fallidos iban poniendo a prueba la solidez de aquella pareja e iban haciendo mella en el sentimiento mutuo.

La presión familiar por parte de Don Marcos hacia Renata era más que evidente, incomprensible. En una ocasión en que la joven estuvo a punto de perder la vida, luego de otro aborto espontáneo muy complicado, le comentó a su suegra sobre la posibilidad de no volver a intentarlo. La anciana le respondió con la calma que le caracterizaba, que ni lo pensara, porque "no me quiero morir sin ver por lo menos un hijo de Marcos". A pesar de aquel comentario desafortunado, unos años después la vida la compensaría con tres hermosos hijos: dos mujeres y un hombre.

La educación de Don Marcos siempre fué más que tradicionalista, machista, por eso dejó completamente en manos de Renata, la educación de los pequeños. Era ella sola la asistía a las fiestas escolares, a los conciertos del mariachi al que pertenecían los tres pequeños, a los juegos de futbol americano del pequeño... a todo lo relacionado con ellos porque él, él no tenía tiempo. Estaba ocupadísimo con sus negocios, con sus amigos y con su familia paterna.

A estas alturas, Renata y sus hijos, se iban alejando en mucho del ideal familiar que Don Marcos hubiera querido tener. En nada se parecía sus hijos a sus sobrinos, todos ellos dechados de virtudes, en comparación a sus vástagos. En cuanto a Renata, me imagino que también lo decepcionó porque tampoco tenía, ni por asomo, las cualidades de su santa madrecita y sus hermanas. También dechados de vitudes inmaculadas.

Un abismo entre la pareja se fue construyendo casi sin darse cuenta. El dinero no fue nunca un problema, siempre había para todo, hasta para mandar a la familia de vacaciones. Claro, sin Don Marcos, porque no tenía tiempo. Pero algo era curioso, el tiempo que siempre le faltaba para otras cosas, le sobraba para regañar a los muchachos por una u otra razón, también para criticar las decisiones que Renata tomaba para con ellos y hasta crucificarla en los peores momentos de crisis. En especial con el hijo que, luego de haber crecido sin una figura paterna al lado a la cual identificarse, habría sido demasiado mimado por Renata tal vez para compensar un poco la indeferencia del padre.

Como pudo, sola en el aspecto moral pero acompañada del económico (que no lo es todo en la vida, pero ah! como ayuda), Renata sacó a sus hijos adelante. Se convirtieron en jóvenes adultos, adoradores de su madre, y empezaron a necesitarla menos. De pronto Renata se vió con mucho tiempo 'libre' en sus manos: su marido en sus negocios (a los que nunca le dió acceso porque esas cosas son de "hombres") y sus hijos ya con sus vidas encaminadas.

Comenzó a llenar los vacíos con amigas en reuniones triviales, asistía más a sus padres ahora ancianos y hasta emprendió algunos negocios por su cuenta como la venta de cosméticos o de bienes raíces. En este punto se fué haciendo aficionada al juego, pasión heredada de su madre, y de ahí todo comenzó a complicarse. Jamás descuidó a sus hijos, porque las reuniones sabatinas con ellos, son infaltables.

Renata se volvió ludópata, gastando a manos llenas el dinero que su marido seguía proporcionándole para que lo dejara trabajar 'en paz'. Pero en su ludopatía Renata no estaba sola, acompañada de sus hermanas y su madre, vió como el dinero de su marido ya no iba siendo suficiente. Tampoco le alcanzó con el poco dinero que ganó como corredora de bienes raíces, porque ahora le dedicaba menos tiempo, el resto lo consumía su hábito de jugar.

De pronto la salud de su marido sufrió algunos reveses: un accidente, una enfermedad congénita, malos hábitos alimenticios, etc. Renata siempre estuvo ahí para cuidarlo, a pesar de la familia de Don Marcos que cuando podían, trataban de nulificarla; pero ella siempre supo exigir sus derechos y su lugar.

No le duró mucho el gusto, porque fue el mismo Marcos quien empezó a dar muestras de la distancia que deseaba poner entre los dos. En una ocasión en un cumpleaños de él, Renata le quiso dar una sorpresa y reservó en un restaurant para festejarle, acudió por él a su oficina. La sopresa se la llevó ella.

El lugar estaba lleno de personas en una fiesta muy animada: la familia de Don Marcos y parte de sus empleados. Renata y sus hijos no fueron requeridos para el festejo. Aún así ella, muy inteligentemente, hizo venir a los hijos y se quedaron en la fiesta.

Detalles como éste fueron quedando en el aire, a veces Renata quería hablarlos o solucionarlos, pero la necedad y terquedad de su marido la hacían desistir de esos intentos. Muchas otras veces mas Don Marcos dió muestras de querer seguir su camino solo, pero su mujer o no los quiso ver, o pensó se resigno a ellos. Como cuando su marido empezó a pasar noches en su oficina pretextando mil y un motivos.

Hoy Don Marcos vive en esas oficinas, se llevó algo de ropa y no quiere volver a su casa. Encontró el motivo perfecto para culpar a Renata de la separación (su afición por el juego) y ha planeado muy bien el rumbo a seguir. Le asignó una cuota económica mínima a su mujer, que le manda a través de uno de sus hijos pero que dista mucho de lo que la tenía acostumbrada, se podría decir que es solo para lo indispensable.

Renata trató de hablar con él, le propuso un intento por salvar lo que tantos les había costado construír, pero su marido no aceptó. Ella, que nunca se ha dejado caer ante nada, aceptó dignamente su derrota sin decir una palabra más.

A sus 58 años, hoy ha vuelto a su empleo de bienes raíces, apoyada moralmente por sus hijos. No dice nada, ni su familia mas cercana la ha visto triste o deprimida, tal vez la procesión va por dentro. Quedará todavía amor en esa pareja? Será ésta la liberación de una antigua mala decisión de los dos? Por lo pronto ella, vuelve a comenzar, porque tiene su futuro en sus propias manos. Porque ahora es dueña y señora de su vida.

octubre 11, 2010

Recomenzar (cuento)

Renata es una mujer madura que está próxima a llegar a su sexta década de vida. Madre de tres hijos adultos a los que adora y a quienes se dedica, aún ahora, en cuerpo y alma. Renata ha comenzado a vivir hoy, a sus casi sesenta años, una etapa de su vida para la que no estaba preparada. Jamás pasó por su pensamiento que un día llegaría al punto de empezar desde cero, mucho menos a estas alturas de la vida.

Durante sus primeros años Renata fue la consentida de la familia hasta que, en su adolescencia, la llegada al mundo de su hermana pequeña le arrebatara el trono de 'benjamina', aunque no el preciado lugar en el corazón de su padre. Hermana de otras tres mujeres y tres hombres, fue ella la que se destacó siempre por su alegría y dulzura entre los demás.

Organizadora innata de las fiestas familiares, encontró el amor a muy corta edad, con solo 16 años se enamoró perdidamente de Wilson, el vecino de la casa de enfrente con el que vivió un romance de película de más de diez años. Con una casa comprada por los dos, casi amueblada al completo, solo faltaba escoger la fecha de boda. Pero al descubrir la traición de su novio conuna compañera de trabajo, orgullosa y reservada como siempre lo ha sido, le devolvió su palabra de matrimonio. No quiso que él le devolviera el dinero pagado a partes iguales por los bienes adquiridos y simplemente le dijo adiós.

Renata sufrió en silencio su pena, nadie nunca la vió llorar, mucho menos decaída o deprimida. Pasaron años sin que volviera a tener una pareja, aunque pretendientes nunca le faltaron, incluso estando de novia de Wilson. Renata, además de su jovialidad y carisma innegables, era una joven muy atractiva y moderna a quien los hombres volteaban a ver a su paso.

Seis años después de su ruptura con Wilson, Renata aceptó la proposición matrimonial de un antiguo jefe de trabajo. La casualidad la llevó a encontrárselo en una época en que la joven se encontraba sin trabajo, el hombre le ofreció de nuevo su empleo y además le confesó que todo el tiempo había estado enamorado de ella. Aunque no aceptó de inmediato, llegaron al altar.

Don Marcos, su ahora esposo, un hombre maduro que le llevaba más de diez años de edad. Hijo de una familia demasiado tradicionalista y preparada, comenzó su negocio en el comercio siendo muy joven y el éxito lo hizo convertirse en alguien pudiente a muy corta edad. Le cumplió a Renata todos sus deseos, la trató como una reina y la hizo sentir como la mujer más amada del mundo. Eso fue lo que ganó el corazón de la muchacha, haciéndole pensar que aquel matrimonio había sido la decisión correcta.

... continuará ...

septiembre 21, 2009

Puedes sacar a la muchacha del pueblo...

... pero no el pueblo de la muchacha.



Marisol nació en una de las más hermosas islas caribeñas, lugar exótico y de contrastes sociales donde la injusta distribución de la riqueza hace de la mayoría, seres hambrientos y trabajadores incansables. Desde niña, Marisol no conoció otro panorama que los campos bananeros en los que comenzó a trabajar desde que tuvo uso de razón. Sus pies jamás calzaron otra cosa que no fuera tierra seca, su cuerpo tampoco conoció el descanso y su corazón, solo alojó el anhelo de conocer el mundo existente que había más allá del horizonte marítimo que rodeaba su pobre vivienda.

A los quince años, aquella niña hecha mujer, dió a luz a un hijo sin padre. Fué así como despertó a una vida que luego utilizaría como medio de supervivencia. En aquella tierra, las mujeres como Marisol soñaban con trabajar lo necesario para reunir los 2,500 USD que los tratantes de blancas les exigían para llevarles a Europa en busca de la fortuna que en su país estaban muy lejos de alcanzar.

Marisol, llegó a Ginebra (Suiza) con 22 años y con el alma hecha pedazos al dejar a su pequeño al cuidado de su madre en su país natal. Su exuberante cuerpo tropical, inmediatamente la llevó a un bar desnudista donde su único trabajo era bailar y quitarse la ropa, algo que ella sabía hacer a la perfección. 'Si de ahí alguien te invitaba a otro lugar, ya uno se ponía de acuerdo en el precio y el lugar, pero no era obligación alternar con los clientes; uno lo hacía por necesidad o voluntad propia' -me dijo aquel día que me relató su historia.

Dos años después conoció a un hombre que se enamoró de ella, le ofreció matrimonio y hacer una familia en la parte suiza de habla alemana, así como borrar para siempre el trabajo que había venido desempeñando desde su adolescencia.

Jörg, su esposo suizo, la colmó de bienestar y amor como nunca antes lo había soñado. También le regaló una nueva patria a la hizo oficialmente ciudadana helvética. Los padres de él aceptaron a la nueva integrante de la familia, les ayudaron a comprar una hermosa casa y a traer al hijo que había dejado en el caribe.

Luego tuvieron una hija, que vino a completar la familia ideal de la que Jörg le había hablado desde aquella noche en el bar de Ginebra. El hombre tenía un empleo modesto, pero suficiente para vivir con cierta comodidad, que a Marisol le parecía un pedazo de cielo. En poco tiempo la mujer se fué acostumbrando a la buena vida y olvidando un poco la misera en la que habia nacido. Cada vez necesitaba más cosas, algunas de las que su marido no podea costear.

Fué así como se le ocurrió empezar un negocio doméstico, que le permitiera seguir al pendiente de sus hijos y de su marido. Una amiga le ofreció mercancía de ciertos cosméticos femeninos para venderla en reuniones o entre sus amistades, Marisol no lo pensó mucho y comenzó el primero de sus negocios.

Con sus primeras ganancias se dió cuenta de su potencial como vendedora y buscó otras otras cosas para vender, siempre tenía éxito, sus utilidades se iban incrementando al igual que sus necesidades. Sin darse cuenta, fué descuidando la educación de sus hijos; era común ver a la hija pequeña siempre al cuidado de una vecina o alguna que otra amiga, a veces hasta con personas con las que no tenía mucha confianza. El hijo también dió muestras de ese descuido maternal, cuando comenzaron las llamdas de la escuela sobre su mal comportamiento, incluso una vez tuvo que ir hasta la corte por algún hecho escabroso del jovencito.

Ya para entonces Marisol era toda una empresaria, aunque la legalidad de su actividad dejaba mucho qué desear cuando entró en el negocio de la piratería vendiendo bolsas y zapatos de imitación de marcas de renombre. Sus constantes viajes por toda la geografía suiza, hicieron también mella en su matrimonio, algo que parecía no importarle mucho porque al fin tenía todo el dinero que siempre había soñado.

Su cuerpo lucía ahora perfecto con unas cuantas cirugías estéticas que se practicó, conducía un auto lujoso y su ropa era el sueño de toda ama de casa. Pero también le pareció poco. Los últimos comentarios que escuché de otras personas, fueron que sus días como vendedora habían terminado para dar paso a otra actividad todavía más peligrosa: tratante de blancas.

Su divorcio fué inminente, en el juicio ella y su marido peleaban por no quedarse con los hijos, pues a los dos les estorbaban. Seguían viviendo todos en la misma casa, él ya tenía a otra mujer de la misma nacionalidad que Marisol y ella... seguramente ella tenía a varios. Hoy Marisol vive como princesa en España, sus hijos siguen en Suiza y de vez en cuando la visitan. Su ex-marido sigue soltero, pero nunca solo.

Esta es la historia de Marisol, una mujer que nació en la nada y después lo tuvo todo para ser feliz... pero no fué suficiente.

Au revoir.

agosto 18, 2009

La paloma y la rosa

La incipiente claridad del día comenzaba a disipar las tinieblas de una noche tibia y hermosa. Una paloma, revoloteando y revoloteando, penetró en un pequeño y recoleto templo de la India. Todas las paredes estaban adornadas de espejos y en ellos se reflejaba la imagen de una rosa que había situada, como ofrenda, en el centro del altar. La paloma, tomando las imágenes por la rosa misma, se abalanzó contra ellas chocando violentamente una y otra vez contra las acristaladas paredes del templo hasta que, al final, su frágil cuerpo reventó y halló la muerte. Entonces el cuerpo de la paloma, todavía caliente, cayó justo sobre la rosa.

El Maestro dice: No apuntes a las apariencias; sino a la Realidad. No te extravíes en la diversidad, sino que debes establecerte en la Unidad.

abril 29, 2008

Si me olvidas, te prometo que te olvido (cuento)


La primera luz de aquel sábado asomó ante los ojos llorosos e inflamados de Ely, que no habían podido cerrarse durante toda la noche para descansar. A pesar de estar acostumbrada a sus largos y tediosos fines de semana, ella sabía bien que aquel era el principio de un incierto tiempo en soledad. El día anterior había estado por última vez con David, el hombre del que durante tres años había estado enamorada y al que tuvo que amar a escondidas por ser casado.

Todo comenzó aquella noche al salir de un bar en la que unas copas de más los hicieron despedirse con un largo y tímido beso en la boca. Habían estado compartiendo tragos con algunos amigos en común, el cumpleaños de uno de ellos; se conocían desde hacía mucho tiempo y ambos conocían sus respectivos estados civiles. Ely llevaba algunos meses sin pareja después de terminar con el que había sido su novio por cinco años, David era casado desde hacía un largo tiempo y había formado una familia hermosa junto a su esposa e hijos. Pero esa noche algo los acercó más de lo normal, durante las últimas veces que coincidieron en las reuniones de amigos a las que David asistía casi siempre solo, había cruzado algunas miradas "extrañas" y los contactos físicos "involuntarios" se habían vuelto más frecuentes electrizando la piel de ambos sin poder explicarse el por qué.

Así, lo que en un principio fué una pasión desbordante basada solo en contactos sexuales, los dos fueron cayendo en un enamoramiento inevitable. Ninguno de los dos cuestionaba al otro el rumbo de aquella relación, la amistad que los había unido al comienzo fué haciéndose cada vez más profunda volviéndose indispensable el uno para el otro. Festejaban en secreto sus cumpleaños con regalos y sorpresas como adolescentes, sus encuentros siempre estaban llenos de detalles como tarjetas de cariño y amor, a parte del buen sexo que tenían. También compartían sus problemas laborales y familiares, aún cuando a Ely le dolía en el alma escuchar hablar a David de su mujer, de sus hijos y de lo bien que se pasaban el tiempo en familia. Pero la consolaba la idea de saber que su mujer no se ocupaba mucho de él, al menos eso escuchó decir algunas veces a sus amigos, David necesitaba a una compañera sexual y su mujer lo había dejado de ser hacía mucho tiempo, aún así le fué fiel hasta que Ely llegó a su vida.

Ely era una mujer preparada e inteligente, siempre estuvo consciente del papel que jugaba en la vida de David y nunca pasó por su mente la idea de deshacer aquel matrimonio ni de convertirse algún día en su esposa. Durante los primeros años juntos aquello no tenía importancia para ella, cuando ésto venía a su cabeza inmediatemente lo ignoraba y pensaba en otras cosas, se sentía amada y eso le bastaba. Pero en los últimos meses una cierta incomodidad se había apoderado de ella, sabía que eso estaba mal, que existía la posibilidad involuntaria de que aquello se ventilara y le atormentaba la idea de dañar a personas inocentes. También pensaba en ella, no quería terminar sus días siento la amante de ese hombre, se consideraba una mujer buena y merecedora de algo mejor, pero su amor por David la hacía vivir debatiéndose entre el sentimiento de culpa y la pérdida cada vez mayor de su autoestima. Sin embargo, no tenía el valor de terminar esa relación, temía quedar sola para siempre si lo hacía.

No tuvo que esperar mucho para cambiar de rumbo su vida, aquel viernes por la tarde (como todas las semanas) David pasó por ella y se dirigieron al motel de siempre. Durante el trayecto él trataba de bromear y hacerla reír, pero Ely notó algo raro, en la habitación David simplemente no pudo hacer nada pero aquello no la sorprendió. Con mucha tranquilidad ella le preguntó si tenía algo que decirle y eso bastó para que él estallara en llanto, le explicó que la quería mucho pero que no vivía tranquilo pensando en lo mal que se estaba portando con su esposa y en el daño indirecto que le hacía a sus hijos. Continuó diciendo que no era falta de amor, al contrario, que por eso mismo quería que ella tuviera un futuro digno con una persona que le diera lo que él no podía ofrecerle y que quería dar por terminada su relación a pesar de todo lo que sentía por ella.

Ely enmudeció, no había más qué decir, fué como si hubiera actuado un angel imaginario que la llevara a donde ella nunca se atrevió: terminar con un amor prohibido y liberarse de su propia culpa. A pesar de amarlo tanto. Lloraron juntos, se abrazaron y se despidieron como amigos con un beso en la mejilla ... como siempre debió ser. Los dos pasaron tiempos amargos en las reuniones siguientes, pero sirvió para fortalecer la decisión que de común acuerdo habían tomado con responsabilidad. Ahora son verdaderos amigos de nuevo, ninguno de los dos menciona aquel tiempo juntos, pero cada uno lo recuerda en silencio como una de las épocas felices de sus vidas.


abril 01, 2008

Juanito y Miguelón (Cuento)


Miguelón y Juanito eran los mejores amigos de toda la palomilla de la secundaria. Compartían muchas cosas juntos como irse de pinta, el gusto por la pizza y las reuniones "en bola" con sus otros cuates; también compartían anécdotas de otros por separado respetando cada quien su espacio, no era un código adolescente sino una costumbre espontánea con la que estaban familiarizados. Miguelón era el galán de aquel par amistoso, siempre pendiente de oler bien, vestir bien y sobre todo siempre tenía una sonrisa para cualquier niña que le pasara por el frente ... era un conquistador nato. En cambio Juanito, vivía enamorado de aquella niña de "frenos" a la que nunca le hablaba por temor a ser el blanco de la burla de su amigo, pero de la que seguía con los ojos todos sus movimientos en la escuela.

Un día Juanito leyó en un anuncio publicado en el tablón del supermercado, en donde solicitaban ayudantes para empacar la compra a los clientes e inmediato pidió permiso a sus padres para solicitar el empleo. Cuando Miguelón se enteró, sintió un poco de envidia por no haber visto el anuncio él primero e intentó disuadir a Juanito de su idea de trabajar. "Ya no vas a poder jugar, vas a tener poco tiempo para hacer las tareas y no te vas a juntar con la palomilla como antes", le decía en su afán envidioso sin lograr convencerlo.

Curiosamente Miguelón comenzó a ir más seguido al súper, acompañado de su madre y algunas veces de la palomilla, para hacerse presente precisamente en la caja en la que Juanito empacaba. Una de esas tardes, en la que Miguelón llegó con toda la flota al súper a comprarle unas cosas a su madre y mientras Juanito lo empacaba, tiró accidentalmente una botella de catsup al suelo. La botella cayó precisamente en los pies de Miguelón, manchando sus zapatos y parte de su pantalón; Juanito se disculpó inmediatamente con su amigo pero se llevó una gran sopresa al ser golpeado en la cara con el puño cerrado por Miguelón. El niño cayó de bruces en el mismo momento en que Lalo (otro de los niños del grupo) se le fué encima a Miguelón dándole un golpe más fuerte ante los gritos de Juanito "Lalo, Lalo! todo está bien, ya cálmate!". El gerente de la tienda, al escuchar el escándalo, llegó para separarlos y mandó a Juanito a su cada por ese día con el fin de calmar las cosas.

Al día siguiente en la escuela, Miguelón esperó en la puerta a Juanito antes de entrar a clases, cuando lo tuvo frente a él lo insultó como nunca antes lo había hecho advirtiéndole que lo sucedido merecía terminar con su amistad. En vano resultaron las palabras de su mejor amigo explicándole que todo había sido un accidente, que no había sido su intención hacerle daño, pero Miguelón le aclaró que su enojo no era por la botella rota en sus pies sino por no haberlo defendido del golpe que Lalo le había dado. "Tu tenías que haberle pegado a Lalo, no dices que eres mi amigo? Por qué no me defendiste?" le repetía una y otra vez. Juanito no entendía aquellas palabras, en su mente infantil pensaba que el que había dado el primer golpe fué él, ¿cómo golpear a Lalo si lo único que ésta había hecho fué defenderlo de la injusticia de Miguelón?.

Hoy los otrora mejores amigos ya no lo son más, Miguelón se dedica a molestarlo continuamente, les habla mal de él al resto de los niños, se burla, lo acusa, cuenta sus secretos ... pareciera que lo odia. Juanito no sabe qué hacer, quisiera pedirle disculpas una vez más pero no encuentra la razón para disculparse, más aún cuando su ex-amigo pone cada vez más distancia entre ellos. Se ha ido aislando poco a poco de la palomilla, a veces se siente solo, pero toma valor y vuleve a ver a sus compañeros en la esquina del parque aquel para distraerse pero cuando ve venir a Miguelón pretexta algo que hacer y se va. Juanito extraña a su amigo porque lo sigue queriendo, tiene la esperanza de que el tiempo haga olvidar los rencores de Miguelón y un día su amistad vuelva a ser como antes.

¿Cosas de niños?

marzo 25, 2008

Cuento

Había una vez un pajarito inquieto

que volaba de rama en rama,

pero un día le cortaron sus alas

y no volvió a volar jamás.

febrero 07, 2008

El papel y la tinta


Estaba una hoja de papel sobre una mesa junto a otras hojas iguales a ella, cuando una pluma bañada en negrísima tinta, la manchó llenándola de palabras.

"¿No podrías haberme ahorrado esta humillación?" -dijo enojada la hoja de papel a la tinta- "tu negro infernal me ha arruinado para siempre!".

"No te he ensuciado" -repuso la tinta- "te he vestido de palabras, desde ahora ya no eres una hoja de papel sino un mensaje, custodias el pensamiento del hombre y te has convertido en algo precioso".

En efecto, ordenando el despacho, alguien vió aquellas hojas esparcidas y las juntó para arrojarlas al fuego. Pero reparó en la hoja "sucia" de tinta y la devolvió a su lugar porque llevaba bien visible, el mensaje de la palabra. Luego, arrojó las demás al fuego.


junio 28, 2007

El jefe siempre tiene la razón (cuento erótico)

Siete de la mañana de un lunes cualquiera y Susana con cara de pocos amigos, se disponía a encender su computadora. El fin de semana no había sido uno de los mejores que había tenido, pensando en la montaña de documentos que la esperaban, pues debería entregar el proyecto del que dependía el ascenso por el que tanto había luchado. Además César, su novio, llevaba varias semanas esquivándola argumentando viajes y problemas laborales.

Las oficinas estaban desiertas, ninguno de sus compañeros se había presentado pues todavía faltaba una hora para que el reloj checador recibiera la tromba de empleados que empezarían otra rutinaria semana. Mientras preparaba la acostumbrada primera taza de café matutino, escuchó pasos en el corredor y dirigió su mirada a la puerta tratando de ver de quién se trataba. En unos instantes en el umbral de su puerta apareció Enrique, su jefe inmediato, que con una sonrisa le dio los buenos días mientras recorría con su mirada su cuerpo hasta llegar a sus largas piernas enfundadas en unas medias de seda negras, que salían de la falda de su traje sastre que apenas llegaba a cubrir la mitad de sus muslos. No era de extrañar que alguien se fijara en ello, Susana pasaba bastante de su tiempo libre dedicada al deporte. Pero aquella mañana la mirada de Enrique la estremeció de pies a cabeza; ésta vez era diferente, llevaba ya algunas semanas concentrada en su trabajo y se había olvidado por completo de algo que ella disfrutaba al máximo: su sexualidad.

Enrique era un tipo alto, fuerte, de cabello ondulado y sus incipientes canas en las sienes lo hacían parecer interesante, enigmático y atractivo. Pero era su caractér abierto y diáfano, lo que hacía que hombres y mujeres no pudieran resistirse a su encanto: el jefe que todos desearían tener.

Susana recordó en aquel instante, las veces que habían convivido fuera de la empresa, en algúna fiesta ó encuentro fortuito. Nunca hasta entonces había llegado a su memoria la forma de hablar de su jefe, nunca se había percatado de sus labios delgados y bien delineados que le hicieron en ese momento desear tenerlos acariciando los suyos, humedeciéndolos con fuerza. Se sobresaltó al escuchar de nuevo la voz de él diciéndole: “Sólo dije buenos días, pareciera que hubiera pedido tu renuncia”, al tiempo en que extendía su mano para saludarla, sonriéndole una vez más, como queriéndola sacar de su estado de shock.

Ella, un tanto avergonzada y temerosa de que pudiera leer sus pensamientos, sólo alcanzó a levantarse de su silla diciendo: “Lo siento, me soprendió verte aquí tan temprano”. Con un suave ademán, Enrique le pidió sentarse de nuevo preguntándole si disponía de unos minutos para conversar. Nerviosa y sin saber que hacer ó decir, siguió su indicación al tiempo que escuchaba “Qué te pasa?, desde hace días te veo tensa y distraída, como si te costara mucho trabajo concentrarte, hay algo en lo que te pueda ayudar?”.

Como por arte de magia, y como si de pronto se abrieran las compuertas de un mar que había estado herméticamente sellado, Susana comenzó a llorar. Empezó por decirle lo importante que era para ella el proyecto en el que estaba involucrada y la tensión que esto le causaba; sin saber cómo ni por qué, terminó contándole lo sola que se encontraba ante la ausencia física y emotiva de su pareja hasta el punto de cuestionarse si sería buena idea seguir con aquella relación. Enrique se levantó de su silla, dió algunos pasos rodeando el escritorio y se dirigió hacia ella con intención consoladora, casi protectora.

Se sentó en la cubierta del escritorio, la tomó por los brazos alzándola para abrazarla y ella colocó su cabeza en su hombro tratando de no llorar más, agradeciendo la caricia. Enrique movió ligeramente su cabeza hacia su cara y de pronto se sorprendió a sí mismo buscando sus boca. La respuesta de ella fue inmediata y con mucha delicadeza abrió sus labios expectantes. Ella, más que sorprendida, sintió el cálido sabor de su aliento varonil, el suave roce de su mejilla recién afeitada y su perfume la hizo estremecerse hasta humedecer su ropa interior.

Sintió de pronto su mano fuerte y tibia delizarse entre su blusa hasta llegar a su pecho, rígido por la excitación. Lo rodeó con sus brazos, bajándolos lentamente hasta su derrière y lo acercó hacia ella tratando de sentir su sexo junto al de ella, en ese momento sus bocas ya habían olvidado toda sutileza y propiedad, el tenue beso inicial se convirtió en violentos intercambios de pasionales mordiscos y lenguas desesperadas buscando la del otro.

No había palabras, lo único que se escuchaba eran unos leves gemidos por parte de los dos, la pierna izquierda de ella se levantó al instante en que Enrique la tomaba para sostenerla. Sus cuerpos comenzaron a moverse al unísono en un ritmo imaginario producido por la pasión del momento, ella bajó su mano hasta la entrepierna de él, sintiendo su sexo firme, duro, enorme, acercando su pelvis como queriendo fundirse en él. Como deseándolo dentro de ella.

Las manos de Enrique no cesaban de apretar sus pechos, temblando abrió como pudo su blusa y besó sus pezones con pasión. Su boca le parecía pequeña, ante aquellas montañas llenas de sensualidad, haciendo esfuerzos sobrehumanos por no morderlas con fuerza ante su desenfreno erótico.

Susana parecía flotar en un torrente de sexo y lujuría, su mente estaba en blanco abandonando todo su ser a las reacciones corporales más primitivas. Fué ella misma, la que tomó la mano de él, indicándole el camino a seguir. El fue más allá, introdujo su mano entre su ropa hasta llegar a un monte chorreante de deseo, tocó su sexo, lo apretó con todas sus fuerzas y sintió como su mano se mojaba ante el inminente espasmo de ella.

Ante el intento de Enrique de abrir su pantalón, Susana lo miró atónita y fué lo que la hizo despertar a la realidad. Apenada, se separó de él, lo empujó suavemente y a pasos agigantados salió de su propia oficina en dirección a los sanitarios. Se miró en el espejo, su blusa abierta, su cara todavía enrojecida, sus manos aún temblorosas y su aliento jadeante no la dejaban pensar con claridad. Se inclinó sobre el lavabo, abrió la llave del agua fría y mojó su cara queriendo borrar el deseo que todavía permanecía en ella.

Al siguiente minuto, la imagen de Enrique detrás de ella apareció en el espejo. Ya no había voluntad posible. Giró su cuerpo, su falda y el resto de su ropa cayeron al suelo, al mismo que tiempo que la de él. De un salto, se sentó en el lavabo abrazando con sus piernas la cintura de Enrique, sientiendo toda su fuerza y virilidad dentro de ella, con una mezcla de suavidad y energía desmedidas. Ella besaba sus ojos, recorría con sus labios su rostro hasta llegar al oído, estrujando con fuerza su ondulado cabello mientras disfrutaba de la luz incandesdcente de su primer clímax. Enrique explotaba de deseo y sus movimientos eran cada vez más veloces, deteniéndose por instantes para tratar de contener el esperado final.

Lentamente, Enrique la tomó por los hombros bajándola de su improvisado asiento sin dejar de besarla, casi inadvertidamente fue volteando su cuerpo semidesnudo hasta reflejar los rostros de ambos en el espejo. Y volvió a poseerla, ésta vez fue más lento, disfrutando cada uno de sus cuerpos ardientes, el placer parecía no tener fin. Susana acariciaba sus propios senos, estrujándolos e imaginando que eran las manos de Enrique. Este la asía por la cintura, no quería dejarla escapar, preocupado por dirigir sus movimientos en la dirección correcta. Situados los dos ya en en el punto más alto de excitación llegaron juntos a la meta esperada, en un solo gemido, no se sabía cuál era la voz de quién.

Un silencio sepulcral invadió el espacio, la somnolencia y la fatiga los hizo abrazarse para no dejarse caer en el suelo de aquel inóspito lugar. Algunos ruidos los hicieron reaccionar y rápidamente las prendas de vestir volvieron a ocupar su lugar original. Los demás empleados llegaban a ocupar sus puestos, la jornada laboral apenas comenzaba.

Ese día, Susana tomó su LapTop y salió a toda prisa, su jefe la disculpó en la junta de esa mañana por sentirse algo indispuesta, argumentando que trabajaría desde su casa. Mientras, ella se dirigía sin rumbo en su coche, con una sonrisa pícara en sus labios pensando “... el jefe siempre tiene la razón”.

junio 22, 2007

Sebastián y la princesa (cuento)



"Una de las cosas que más le gusta a Sebastián

es soñar.

Cada noche su padre,

después de que le da besos y abrazos,

lo lleva a la cama en punto de las ocho,

entonces empieza otra gran aventura ... "




Algo que mis hijos no perdonan antes de dormir, es que su papá les cuente un cuento. Esta es una de las tradiciones que me encantan de éste país, tal vez porque mi madre hacía lo mismo conmigo durante mi niñez, siento como si una parte de mí estuviera viva en mis peques al coincidir en el mismo gusto por los relatos. De la voz de mi madre escuché cuentos como El sastrecillo valiente, El traje nuevo el emperdor, Simbad el marino, Rapunzel y muchos más que no recuerdo du nombre, pero que ella me leía de una colección de seis libros llamada Los Mejores Cuentos de Hadas del Mundo editado por Selecciones de Readers Digest.

Por eso hoy que mi querida Bere me mostró éste audio que ella hizo para sus hijas, de la infinidad de cuentos que recibía de su abuelo cuando era pequeña, no resistí la tentación de robárselo (previa autorización, no vaya a ser que me difame por la red como se ha venido haciendo costumbre) y postearlo aquí. Háganme un favor y escúchenlo, su voz no tiene comparación, parece que ésta mujer nació para eso: para ser cuentacuentos. Gracias por el regalo chiquilla sabes que TQM.

Saludos!