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Por si fuera poca la ola de violencia y criminalidad que se vive actualmente en México, existe ahora una nueva modalidad de sacar dinero fácil a costa del terror de incautos que se dejan extorsionar a través de sus teléfonos celulares. Los secuestros millonarios a grandes personalidades de la sociedad quedaron en el pasado, al igual que los secuestros express en los que las sumas obtenidas eran mucho menores, pero más efectivos por la imposibilidad de la policía de actuar en el momento oportuno y por la rapidez con la que se cometían: solo unas horas.

Lo nuevo es ahora el Secuestro Virtual, que consiste en llamar al celular de una persona previamente "investigada" haciéndole creer que se tiene secuestrado a un miembro de su familia. Estos hampones hacen creer a su víctima, poniendo al teléfono a otra persona que finja la voz del supuesto "secuestrado", y exigiéndole que pague el rescate. El miedo y el terror hacen que el inocente crea estar oyendo la voz de su familiar en cuestión y haga hasta lo imposible por conseguir el dinero. Todo en unas cuantas horas y sin riesgo alguno para los delicuentes pues todo es un montaje.

Según las autoridades de la Ciudad de México, esta nueva forma de delinquir ha venido sucediendo en ciudades como el mismo D.F., Guadalajara y Morelia, hasta el momento. De las investigaciones realizadas hasta el momento, se ha capturado a una banda de 8 a 10 personas, además se desprende que las llamadas de extorisión fueron en un 90% hechas desde teléfonos celulares de reclusos en algunas prisiones de las ciudades antes mencionadas. Por lo que los autores intelectuales son precisamente delincuentes ya procesados por otros delitos.

En Monterrey hasta el momento, no se ha sabido de algo similar, pero no creo que éste nuevo "modus operandi" de éstos criminales tarde en extenderse hasta el Norte. Lo mismo pasó con los narcotaficantes, hasta hace algunos años sólo sabíamos de balaceras y ejecuciones por la noticias ocurridas en otras partes de la república, pero ahora muchos inocentes han muerto a manos de capos y asesinos a sueldo establecidos en le bella Sultana no hace mucho.

Mucho cuidado, y que tengan un feliz Martes!


Buscando información sobre éste tema que apareció en el noticiero Primero Noticias de ésta mañana me encontré con ésta nota de El Norte publicada hace dos días. Desgraciadamente me equivoqué al pensar que en Monterrey todavía no existía ésta lacra, según las autoridades regias hasta el momento se han denunciado algunos casos de Secuestro Virtual, pero en ninguno de ellos se ha pagado ningún rescate pues el engaño no ha surtido efecto en las personas afectadas. Será que los norteños no nos dejamos tomar el pelo tan fácilmente? Aquí está la nota completa:


'Mamá, ¡por favor!, haz lo que te digan'

María Luisa Medellín

Monterrey, México (11 noviembre 2006).- El teléfono sonó con insistencia. Alejandra comía con sus hijos: Diego, de 18 años, y Mario, de 9.

El joven tomó el auricular y se lo pasó a su mamá. Ella escuchó una voz ininteligible que luego identificó como la de Lucía, su hija.

–¿Qué pasa?, contestó Alejandra, molesta porque no le entendía.

–Que no me hagan daño, alcanzó apenas a descifrar que decía.

En ese momento, vino a su mente la ocasión en que su sobrino descalabró a Lucía, y ésta llamó entre sollozos y balbuceos incomprensibles, tal como ahora.

También pensó que quizá la mamá de una de sus amiguitas, que la llevaría a ella y a otras compañeras del colegio a su casa, no las había recogido, o que en el trayecto habían sufrido algún percance vial.

Entonces respondió elevando la voz.

–A ver, primero te tranquilizas. Te callas, porque no te entiendo.

Lo que vino a continuación la dejó paralizada.

–Mamá, ¡por favor!, haz lo que te digan.
Enseguida, una voz grave y lenta soltó el mazazo final: "Tenemos a su hija".

Aquel martes, las manecillas del reloj marcaban minutos antes de las tres de la tarde.

Por el susto y la desesperación, Alejandra colgó el aparato. Entre llanto y gritos intentaba localizar el número telefónico de la casa de Alma, la amiga de Lucía, donde se suponía que ella y varias jovencitas estarían reunidas a esas horas.

El corazón de Alejandra palpitaba frenético. No tenía registrado
el número en la computadora.

"Me dicen que tienen secuestrada a tu hermana; ojalá no sea cierto. Lánzate a casa de Alma, Diego. Ve a buscarla. Si la encuentras no le digas nada, pero intenta tranquilizarte y conduce con cuidado", cuenta que le pidió a su hijo, quien también estaba en shock.

Antes de salir en su auto, el muchacho llamó a un amigo, vecino de Alma, para que preguntara por Lucía, pero tal vez por el barullo o porque el grupo estaba en un área distante a la entrada de la vivienda, no se dieron cuenta de que alguien tocaba y no abrieron.

Alejandra no deseaba marcar el celular de su hija. Aunque trataba de convencerse de que el secuestro no era más que un chantaje, temía que en caso de ser real, su llamada inoportuna frustrara algún intento de esconder el teléfono y buscar la forma de comunicarse a casa.

Muy nerviosa, contactó a la mamá de otra de las compañeras que se habían reunido, y le contó brevemente acerca de la llamada.

La señora entró en crisis. Como pudo le proporcionó el teléfono de la familia de Alma, pero salió gritando, en compañía de su esposo, hacia ese domicilio, al sur de la Ciudad.

Todo ocurrió en unos cuantos minutos que a Alejandra le parecieron larguísimos. Finalmente, tenía a Lucía al teléfono.

"¿Por qué no me llamaste para decir que habías llegado? ¿para qué quieres el celular?", le reprochó sollozante, pero aliviada.

Lucía no entendía tanta preocupación, y menos por qué al colgar su hermano estaba a unos metros de ella, y al verla se tiró al suelo llorando.

Asustada, como el resto de sus amigas, la jovencita correspondió a su efusivo abrazo y a un "Te quiero mucho, Lucía".

"En cuanto supe que mi hija estaba bien", narra Alejandra, "fui a buscar a Mario (su hijo más pequeño), que se había ido a su recámara. Lo encontré debajo de la cama, asustado, abrazado a un Cristo. Lo saqué de ahí, lo abracé y traté de consolarlo".

Alejandra, psicóloga de profesión, es una mujer de temple. Su esposo trabaja en Guadalajara desde hace un par de años; viene tan a menudo como se lo permite su actividad médica, pero sabe que ella puede con el timón de la casa.

"Yo no me tullo. Resuelvo en cualquier circunstancia, pero esto fue muy pesado. Esa gente te deja con la zozobra, te roba la tranquilidad".

Aún se le eriza la piel al recordar el episodio y siente el cuerpo entero como si la hubieran golpeado.

"Esa noche, después de llamarle a mi marido, hice una junta con mis hijos. Ahí le expliqué bien a la niña lo que sucedió, y quedamos en que todos tenemos que traer el celular disponible, dejar teléfonos de donde vamos a estar, y mantenernos en comunicación.

"También cambié mi línea a número telefónico privado, con identificador, y mis hijos ya no salen solos y a pie como acostumbraban, a sitios cercanos".

Haciendo memoria, relata que los días previos a la fallida extorsión estuvieron comunicándose a su casa con los más diversos pretextos.

"Que si está manganita, que a qué número marqué. Yo creo que así oyeron la voz de mi hija y por eso pudieron imitarla después".

Al día siguiente del secuestro virtual, los hijos de Alejandra no deseaban moverse de casa ni para ir a la escuela, y aunque ella misma se volcó en llanto frente al espejo, que le devolvió su imagen demacrada, envejecida, terminó por
convencerlos: "Tenemos que seguir nuestra vida normal. No nos van a secuestrar de verdad".

Para denunciar: Marque a los teléfonos 20-20-47-13 y 14, de la Unidad Especial Antisecuestros de la Agencia Estatal de Investigaciones.

Para proteger la identidad de los entrevistados, los nombres en los relatos son ficticios.
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