Mi hijo juega al futbol, pero no mete goles.
Mi hijo anda en bicicleta, pero no sale de la cuadra.
Mi hijo sabe leer y escribir, pero tiene muy mala caligrafía.
Mi hijo come bien, pero lo pierden la bebidas con azúcar.
Mi hijo canta y baila, pero le cuesta mucho seguir el ritmo.
Mi hijo habla dos idiomas, pero invierte las gramáticas.
Mi hijo devora libros, pero muere por los videojuegos.
Como cualquier madre, me importa solo la primera parte de todas éstas cualidades de mi bebé; han sido maestros, doctores, psicólogos y demás profesionales los que se han fijado en lo que va después de cada 'pero' y me lo han hecho notar para poder decirme que mi hijo no es normal. Esto es lo que también muchas veces me ha hecho desesperarme y cuestionarme si habré hecho algo bueno en su educación. Lo que todos ellos no saben, ni toman en cuenta, es que mi hijo adora y protege a su hermana, pide las cosas por favor y da las gracias siempre que recibe algo, reza antes de dormir, recuerda a su abuelo muerto y le pide que cuide de todos nosotros, comparte un pandero con aquella compañera a la que no le tocó ningún instrumento en el concierto de la escuela, le hace con sus propias manos una tarjeta en su cumpleaños a una de las amigas de su mamá, no tiene miedo de preguntar a un encargado por un artículo en el súper cuando no lo encuentra, pide perdón cuando sabe que cometió un error ... podría seguir, pero me faltaría espacio para enumararlos todos.
Si, ya sé que todo ésto no cuenta en la boleta de calificaciones, ni en las evaluaciones médicas, ni en las expectativas del resto de la gente con la que convive. Que tal vez nada de ésto tenga valor a la hora de compararlo con las habilidades físicas de los niños promedio de su edad, pero son todas estas cosas las que me hacen sentirme orgullosa de él y amarlo por ser el gran maestro del quien he aprendido más que en todos mis años sin él, ¿qué me importan los goles que no haga, las letras chuecas que escribe, las competencias que no gane, las risas burlonas de quienes lo llaman llorón o marica?. Yo siempre quise un hijo bueno, no uno prodigio, me puedo dar por bien servida.
Hoy me detuvo un policía porque cometí una infracción de tránsito, me hizo la multa y me dijo que tenía 30 días para pagarla. Mi pequeñito, que estaba en el asiento trasero y se dió cuenta de todo, apenas llegar a la casa corrió por su cartera y el teléfono. Le llamó a su papá contándole lo ocurrido y le dijo la cantidad del dinero que tenía, le preguntó si el tenía el resto del dinero para pagar la multa y enseguida se puso a llorar. Entre sollozos le decía, que no quería ver a su mamá en la cárcel porque era la mejor del mundo.
Su papá lo tranquilizó diciéndole que no era necesario que se quedara sin su dinero y que él se haría cargo de la multa. Ya en la cama, antes de dormirse me pidió por favor que tuviera más cuidado al conducir, que no hiciera enojar a los policías porque no quería quedarse sin su mami. ¿Tendremos algún día herramientas de medición para el desarrollo de la bondad y la sabiduría infantil? Pregunta para el infinito.
Ya llega el finde, a portarse bien!