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diciembre 12, 2008

Causas y efectos

Dicen que la mejor forma de comenzar algo es, por el principio. Me siento en la necesidad de explicar el por qué del cierre del blog hace ya tres meses, debido a la cantidad enorme de comentarios en el post alusivo y a los e-mails que recibí con palabras de apoyo, comprensión y buenos deseos que los visitantes de éste humilde espacio me hicieron llegar al intuir que algo no andaba bien en mi vida personal.

Pues bien, la cosa empezó con aquella visita al pediatra de mi hijo a instancias de su maestra pues "el niño no es normal, se comporta raro", según sus propias palabras. La cita con el doctor la tuvimos sin el niño, solo mi marido y yo, en la que explicamos las razones que nos hacían solicitarle una valoración más profunda para mi hijo porque seguía con muchos problemas de socialización escolar. Cabe mencionar que en el área académica nunca ha existido ningún aspecto negativo, al contrario, es el segundo en su clase con mejores calificaciones; pero según su maestra, su comportamiento dejaba mucho qué desear. Después de una hora de plática con el pediatra, nos dió un pre-diagnóstico que en un principio no nos preocupó porque su nombre simplemente era totalmente desconocido para nosotros: Síndrome de Asperger (que a mí me sonó como a hiperactividad o algo parecido, pero un cosquilleo en mi nuca comenzó cuando leí que es considerado como dentro del "aspectro autista"). Solo nos aclaró que era algo relacionado con la incapacidad para las relaciones sociales, nos recomendó un medicamento y nos pidió que buscaramos bibliografía referente para darnos una idea e identificar si los síntomas correspondían al comportamiento de Chris.

Ese día, llegué a casa directo a la computadora, lo primero que encontré fué ésa página de Wikipedia y lo que leí me dejó sin respiración... algo mucho más complejo de lo que imaginaba. De inmediato busqué mas información, muchísima más: estudios, opiniones, formas de diagnóstico, tratamientos, efectos a futuro y muchos más etcéteras. Con cada nuevo artículo, mi ansiedad y nerviosismo crecían cada vez más, a veces ni terminaba de leerlos porque el nudo en la garganta y el corazón encojido no dejan a mi cerebro pensar con claridad. El colmo llegó con los videos de algunos niños con ése síndrome, a los que yo veía como aletargados o retardados porque claro, estaban medicados. En ese momento pensé lo que le esperaba a mi criatura, tal vez no podría ir la universidad o tener una familia como la nuestra. Peor aún, yo hacía como propios de él, los síntomas que veía en aquellos pequeñitos.

Inmediatamente tomé decisiones radicales: cerré el blog, dejé de ir al gimnasio, dejé la dieta (no había más tiempo para preparar dos comidas diferentes cada día) y hasta me olvidé de mi aspecto exterior. Me dedicaba día y noche a leer sobre el tema, a hacer cuestionarios de diagnóstico en la red y a buscar instituciones en éste país, que se dedicaran a tratar éste tipo de problemas. Todo sin un diagnóstico propiamente dicho, pues lo que nos había dicho el pediatra era que habría que hacerle valoraciones psiconeurológicas para confirmarlo. El hospital me dió cita para dos meses después, dos meses! y yo muriéndome de angustia viendo el futuro incierto y desvastador de mi hijo si el resultado daba la razón al pediatra, Dios! que agonía tan larga me esparaba.

Por supuesto que en una familia, si la madre no está bien, el resto de sus miembros no lo estará tampoco y la mía no fué la excepción. Mi angustia interna se tradujo en histeria y mal humor, que repercutieron en mi relación conyugal y en el ánimo de mis criaturas. Con mi marido, los pequeños problemas del pasado que habían ido quedando sin resolver, se magnificaron; con mis hijos las travesuras infantiles normales pasaron a ser motivo de castigos y enojos cada media hora.

Solo bastaron dos semanas para que este ritmo que inconscientemente impuse a mi familia, colapsara totalmente. Un viejo problema con mi marido, que yo creía resuelto, resurgió con mayor fuerza y solté la toalla. Pedí a mis suegros venir a mi casa para platicar y anunciarles mi deseo de divorciarme, se presentó mi suegro solo (el más ecuánime de esa pareja, como siempre el hombre) y le planteé la situación con mi marido. Por supuesto la culpa recaía en mi media naranja solamente y yo, ciega con tanto problema encima, me crecía en la razón ilusoria que me empujaba a separar a mis hijos de su padre. Mi suegro vino a traer un poco de calma y claridad proponiéndonos esperar un poco mediante una terapia psicológica. Yo para entonces ya había buscado ayuda profesional, pero fué un fiasco ante la poca profesionalidad de la persona que supuestamente me brindaría su ayuda y sus conocimientos, eso me hizo caer todavía más.

Recuerdo que una noche, desesperada después de muchas de no dormir como es debido, bajé al cuarto de la computadora y busqué ayuda "online". Me topé con un número de Locatel en la Ciudad de México en el que prestan ayuda psicológica por teléfono, no lo pensé dos veces y marqué de inmediato. La bendita mujer del otro lado de la línea, y del océanos a la vez, me puso los pies en la tierra; por su voz intuí que era muy joven y muy sabia al mismo tiempo, aclaró mis pensamientos y me dio opciones en las que yo hasta entonces no había pensado. Dos horas al teléfono fueron suficientes para darme cuenta que necesitaba calmarme o no tendría la fuerza necesaria para enfrentar los dos grandes problemas que me estaban acabando la vida.

El centro de toda mi depresión era, por supuesto, el problema con mi hijo. El mismo que me hizo magnificar el otro (el conyugal), la terapeuta en México después de dos horas de plática, me propuso buscar otro profesional en mi lugar de residencia y me tranquilizó aún más al explicarme más detalladamente lo que es el Síndrome de Asperger. Un poco más tranquila y viendo todo el tiempo que faltaba para que le hicieran los exámenes a mi hijo, hablé de nuevo con el pediatra y le explique la situación tan crítica que vivíamos en casa por la incertidumbre del diagnóstico. El hombre se puso también las pilas y nos consiguió otra cita más cercada en un centro de tratamiento Autista. De ahí las cosas fueron llegando más rápido, en ese centro lo valoraron e inmediatamente las dos psicólogas me dijeron de viva voz que mi querubín NO padecía ese síndrome, pero que si necesitaba la valoración psiconeurológica porque presentaba otros problemas menores que habría que ver más de cerca.

Hace dos semanas se le hicieron esas últimas pruebas y los resultados arrojaron un Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, nos reunimos todos: mi marido y yo, las psicólogas del centro autista y la neuropsicóloga. Desde ese día duermo tranquila, tampoco me alegra ese diagnóstico pero no me preocupa pues es algo que conozco y que sé, se puede corregir con unos años de medicamento y entramiento. Mi marido y yo seguimos en terapia de pareja con un psicólogo de origen chileno que, por ser latino y por ser un poco allegados en cultura, nos ha ayudado muchísimo. Los problemas que enfrenté en estos tres meses siguen ahí, pero no estáticos, sino en vías de solución y los resultados ya son muy evidentes. Me siento tranquila y muy optimista en que todo va tomando su cauce poco a poco.

Tres meses se dicen fácil, pero vivirlos en tensión y angustia constante, los hace sentirse como una eternidad. Salir de una depresión, o ir saliendo como es mi caso, es muy difícil... pero no imposible; se los comparto más que como justificación por mi inactividad bloggera, como un testimonio personal que puede servir a alguien que pase por algo parecido. Mi abuela decía "al que no habla, Dios no lo oye" y yo lo puse en práctica al pedir ayuda a cuanta persona se me cruzó por el camino. Gritos desesperados por no destruír lo que con tanta ilusión mi marido y yo habíamos ido formando, y que "cuando la noche es más oscura, es que ya va a amanecer". Yo no creo que Dios nos mande estas pruebas de resistencia, creo firmemente que todos tenemos un plan de vida y solo hay que poner todo nuestro esfuerzo y energía para ir saltando esas pequeñas piedritas en el camino. Si, a estas alturas pienso que solo fueron eso: granitos de arena que pican en la planta de los pies y que con una pequeña sacudida nos dejan seguir nuestro camino.

Gracias a todos por su apoyo con sus comentarios y sus mails, lo escribo como siempre, con el corazón en la mano.

Au revoir!

septiembre 04, 2008

Sorpesas desagradables

Hoy a mediodía llovía a cántaros y mientras preparaba la comida me acordé que mi pequeñito no se había llevado su paraguas ni su chaqueta para la lluvia al salir para la escuela, así que a la hora precisa fuí a recogerlo. Me estacioné enfrente de la entrada de su salón, lo vi claramente cuando salía dirigiéndose en dirección hacia mi, de pronto se devolvió como si alguien lo llamara y tardó un poco en salir de nuevo pero ésta vez con su maestra caminando a su lado mientras ella llevaba un papael en las manos. La sangre se me fué a los talones, inmediatamente pensé que habría hecho algo malo nomás con ver la cara de la maestra... no me equivoqué. Ella un tanto molesta me comento sobre un problema con una tarea con otra de sus maestras y el papel que tenía en la mano era la del día anterior que ella había encargado, en la que me pedía estar con mi hijo para supervisarlo porque la calidad de la letra dejaba mucho que desear. Aguanté valientemente el chaparrón de quejas, le aseguré que no volvería a pasar y que seguiría sus indicaciones.

No conforme con ésto, me pidió hiciéramos una cita formal para hablar conmigo y mi maridis a la brevedad posible porque había más detalles de mi querubín que quería comentar con nosotros. No tuve el valor de preguntar qué otras cosas habría hecho mal mi criatura, solo le dije que la llamaría por la tarde para confirmar el día y la hora. La carita de mi bebé era todo pánico, tenía sus ojitos bien abiertos y la frente arrugada, cuando nos subimos al coche soltó el llanto con mucho sentimiento. Reconozco que yo también entré en pánico y me pasé un poco cuando le pregunté enojada de qué hablaba su maestra.

El problema con la otra maestra fué que el niño se había negado por tres semanas a llevar una tarea en la clase de manualidades, (tienen maestras especiales para todo: manualidades, canto, lenguaje, de apoyo, etc.). La tarea consistía en una tira tejida de un metro de largo hecha con un artilugio especial llamado "strick trick" (en foto), yo lo había visto en su mochila una semana antes y le había preguntado por qué no había hecho nada pero me contestó que no había entendido bien las instrucciones y que le iba a preguntar de nuevo a la maestra. Hoy el niño me recordó sobre eso pero me explicó que no le había preguntado porque le tiene miedo a la señora esa, miedo a que le grite fuerte delante de toda la clase, me dijo. Le pregunté si antes le había gritado y me dijo que no, que hoy fué el primer día y que también le dió mucho miedo. Hablé con él durante la comida, le expliqué lo que significa tener una responsabilidad, le hice ver lo que había hecho mal y que por haber mentido tendría un castigo.

Lo castigué con lo que más le duele, en los próximos tres días no podrá ver televisión, usar su Nintendo, ni salir con los vecinos a jugar a la calle; en su lugar tendrá que hacer pequeñas tareas puestas por mi para mejorar su escritura y solo podrá usar los juguetes que tiene en su cuarto. Lloró gran parte de la tarde cuando estuvo haciendo su tejido, no me le despegué ni un segundo, mi marcación personal lo puso más triste todavía. Lo peor del caso es que sé perfectamente los problemas que tiene con la motricidad de sus manos que, aunque no es significativa, le dificulta mucho ese tipo de tareas (de hecho esta clase de trabajos manuales son exclusivamente para desarrollarla mejor). Me sentí un monstruo cuando me dijo, después dos horas tejiendo y diez centímetros de tira hecha, que le dolían sus deditos. Me salí al patio a fumar, para llorar sin que me viera. "Dios Santo, ¿estaré siendo muy dura? Ayúdame".

Le dije que hiciera una pausa de diez minutos y después, para que descansara, nos pusimos a hacer la tarea normal que consistía en leer tres veces un texto. Al terminar volvió a hacer la del día anterior, la que su maestra me mostró en la hoja a la salida de la escuela, y ésta vez le quedó mucho mejor presentable. Por si fuera poco le puse unos ejercicios de caligrafía, pocos, que hizo llorando todo el tiempo. A éstas alturas ya eran las siete de la tarde, Zara también me necesitaba y tuve que pasar otro rato con ella.

Recuerdo que cuando yo era niña, nadie se preocupaba si yo hacía mis tareas ni me revisaba si las hacía, a pesar de haber cursado los tres primero años de la primaria de mañana y de tarde. Por eso cuando su maestra del año pasado me comentó que no debemos de hacer la tarea con el niño para dejarlo equivocarse y que ella pueda evaluar su desempeño, me pareció razonable la observación. Ahora la maestra actual me dice lo contrario, que mi deber es corregirlo y estar pendiente de la calidad, no entiendo.

Fué un día duro, al menos para mí, porque lo siento como un fracaso. NO de mi hijo, sino mío. Tal vez a los ojos de los demás ésto no sea más que gajes del oficio de ser madre y deba tomármelo con más filosofía, tal vez sea yo muy exagerada y me preocupe demasiado por éstas cosas, pero mi vida prácticamente gira alrededor de mis hijos porque para mi son lo más importante. Le platicaba a una amiga y me decía que me clavo mucho, que me debería de relajar y no darle tanta importancia, pero no puedo. Me parece que lo que aprende en éstos primeros años es de lo que dependerá el resto de su formación académica y que, si no aprende ahora a tener disciplina, tarde o temprano repercutirá en otros aspectos de su vida. Por lo pronto la cita con la maestra ya está hecha para el próximo lunes por la tarde, se me hace una eternidad y solo pienso en la lista negra de "detalles" que me enumerará la mujer. Como dice Madonna "time goes by so slowly, for those who wait".

C'est la viè.